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viernes, 6 de diciembre de 2013

"... Tú no te olvides de mí".




Tengo una... llamémosle dolencia... que está de moda. Ofrece a la vista del ojeador una cara hilarante que incluso a Roko le sienta bien. Como nunca se sabe cuándo volverá la pájara para instalarse de nuevo en mi pajarero, enfilo la autovía y tomo la directa.

Lo que queda oculto son los desvaríos, ausencias que aprisiona  un lugar llamado vacío. Amnesias arbitrarias, sin causa ni fundamento. Recuerdo -¡paradojas!- olvidos... Ahora los recuerdo. Con lo que me supo agrio o amargo o ácido no forcejeo... Con eso no. ¿Para qué? La memoria y sus restos deberían rendir pleitesía a la razón para proteger al corazón. Deberían. Igual no saben o no pueden. Por razones insensatas, se airean con el sol del mediodía... o se lavan con un programa corto, de apenas quince minutos, y todo huele otra vez a nuevo. 

Pero cuando cae en el hormiguero de la oscuridad y el abandono todo lo inolvidable por amable (lo susceptible de no ser olvidado ni dejar de ser amado), por bueno, por necesario... los hombres lloran. No sé si llega a ser agua suficiente para un riego copioso. Me gustaría creer que las lágrimas son más que abono. 

En vísperas de la fiesta de la Madre de Dios, la Inmaculada Concepción... los deseos de tener deseos, la voluntad de querer seguir queriendo a pesar de las amnesias ...
Y ese estribillo que tantas veces me ha emocionado (sin cursilerías). Primero un latigazo y después Paz.

"Y si mi amor te olvidare,
Madre mía,
Madre mía...
Mas si mi amor te olvidare,
Tú no te olvides de mí"



No nos olvides...