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miércoles, 9 de septiembre de 2015

La importancia de una GRE.

Imagen: Covadonga de la Rica Aranguren
                                 


Ayer la Gre desapareció del jardín. Diez veranos. Resto diez años. El primer recuerdo, sumergida con mi cuñada Olga y una copa de cava. Sus niños y mis ciudadanos, toallas saturadas de arena fina tendidas en las tumbonas, en las rejas de las ventanas, en las sillas de madera. Labios morados y dedos arrugados. Parece mentira que no ha hayan tenido suficiente baño. Barbacoas con final salpicado y feliz, apretados en sus paredes de aluminio. Risas flojas, aguadillas inocentes. 

La Gre se ha hecho vieja. Un poco como nosotros. Demasiado prefabricada, descaradamente blanca... nunca acabó de acoplarse a la vegetación mediterránea acotada por las traviesas de tren. Feíta, algo tuerta. Un apaño de piscina levantada sobre un suelo de piedras de río. Alivio para los días de calor asfixiante, un respiro antes y después de la chicharrina que supone cocinar en verano. Veranos sin veranear a veces... no siempre se puede.

Desmontada y empaquetada en una mañana, se ha retirado como ha sido. Poca cosa; sin más aspiraciones que prestar auxilio a los cuerpos de los ciudadanos de la república, arrastrados por el tanto por ciento elevadísimo de humedad ambiental. Poca cosa... Amortizada hasta el final. ¿Poca cosa? 

Y bienvenidos, de nuevo, los pequeños arbustos, los matorrales que la Gre ha ocultado durante todo este tiempo. "Ver volver" aquel diseño pensado, mimado... Belén.